Bueno, quiero comenzar esta reflexión formulando esta pregunta, pues claramente el concepto de comunidad, como espacios de convivencia, de intereses, de conflictos, ha cambiado bastante en estos últimos años, más aún en un país que también ha cambiado radicalmente sus maneras de relacionarse, convivir e integrarse.
La comunidad quizás representa el espacio de convivencia, de participación, de diálogo o reflexión, pero también de conflicto, ámbito que puede estar delimitado por coordenadas geográficas, sociales, culturales, virtuales, y quizás todas ellas a la vez. Cada uno de nosotros está participando de alguna u otra manera en estas diferentes coordenadas comunitarias, y el Trabajo Social, como una de las disciplinas de la acción social (parafraseando a Cecilia Aguayo), por medio de su práctica contribuye en la dinámica comunitaria en una u otra dirección.
Creo que es necesario, como los reflexionábamos en la asignatura de Educación Social, en primer lugar problematizar la definición de comunidad, así como los marcos referenciales desde donde pretendemos actuar profesionalmente. Esta práctica, movida desde determinados marcos éticos, políticos, epistemológicos y metodológicos, en primer lugar debe estar abierta a aceptarse como una práctica más, en dialogo con otras prácticas profesionales, ciudadanas, políticas, etc., que están en proceso de permanente definición y disputa por generar configuraciones discursivas acerca de lo que queremos comprender como comunidad, desarrollo y sociedad.
En un escenario con una clara hegemonía de discursos mercantilistas y financieros, la comunidad tiende a reducírsela a su dimensión netamente instrumental y de intercambio comercial, dimensión válida, pero que dado su peso casi absoluto, opaca todo otra gama de posibles lecturas sobre comunidad en la vida social. Su reducción a la dimensión mercantil, implica a la vez, una mirada que asume fundamentalmente una relación en términos de eficacia y eficiencia entre diferentes ámbitos, instituciones y actores sociales que interactúan en una determinada comunidad, se ésta de carácter global, nacional, regional, comunal o local.
La lógica de la política pública ha promovido una relación claramente instrumental en esta dirección, donde los discursos ciudadanos y promocionales han sido limitados a la formalización de una participación de baja intensidad. El mercado, por otro lado, bajo la lógica neoliberal, reduce a las comunidades en su calidad de consumidores, y la sociedad sólo le queda organizarse como colectivos de consumo en defensa de sus derechos ante sistemas económicos cada vez más concentrados. A nivel de la esfera relacional y/o asociativa, la que se rearticula y reorganiza permanentemente, ésta debe actuar con capacidad estratégica y de sobre-vigilancia, de manera de no verse amenazada en su potencial de autonomía y transformación, pues vive un estado de permanente riesgo de ser cooptada, anulada, estigmatizada, aislada y/o reprimida.
¿Qué papel nos corresponde como profesión en el trabajo con las comunidades considerando escenarios más dinámicos, de incertidumbre, globales y locales a la vez, de sofisticación de los mecanismos de comunicación y de control?
Creo que en primer lugar debemos estar más alerta a leer con detalle y sensibilidad la realidad social, aplicar no sólo los diversos instrumentos de investigación e interpretación que son parte de la trayectoria profesional, sino también ser capaces de ampliar nuestro imaginario de posibilidades acerca de lo que entendemos como comunidad. Bajo este concepto se esconden múltiples realidades, entretejidas en una red de relaciones discursivas hegemónicas y alternativas en disputa por un orden simbólico, que parece dominado por coordenadas de modernización, integración y desarrollo bajo prisma neoliberal. Es importante que como profesión, podamos re-situarnos en este escenario, procurando escapar de la lecturas instaladas en los marcos disciplinarios, institucionales y políticos tradicionales, o si nos toca estar allí, cuestionarlos para ser capaces de desarrollar prácticas comunitarias ampliadoras y transformadoras de dicho órdenes hegemónicos.
Por tanto, me parece importante volver a situarnos en los márgenes de los discursos acerca de Comunidad y Trabajo Social. Mirar desde las fisuras que muchas veces las comentamos, pero que parecieran escapársenos, pues quizás nuestras herramientas profesionales son insuficientes para interpretar y actuar con ellas. Creo que un primer paso es comenzar situándonos en aquellas comunidades discursivas que nos recuerdan las grietas de este orden, y desde allí, retomar una tradición de lectura crítica de la realidad social, y con ello, reubicarnos en un mundo que no le haría mal un trabajo social menos conformista, tradicional y ordenado. Esto implica mirar más allá de los marcos que nos han limitado a un escenario social, cultural y político marcado por la conformidad y la dominación del consumo. Quizás implica estar atento a los movimientos y organizaciones que están en lucha por cuestionar el molde que nos aprieta, como es el caso del movimiento mapuche, de los jóvenes secundarios, de las contraculturas juveniles de la calle y el arte, de los movimientos de identidad y diversidad sexual, entre otros, todas expresiones tratadas convencionalmente como “desviadas y/o anómicas”. Quizás la retórica de la complejidad nos pueda ayudar a reposicionarnos jugando un rol de permanente desconstrucción de las categorías maniqueas y estáticas de comunidad, reducidas a la óptica racional instrumental del proyecto en términos de costo-impacto. Es necesario retomar el concepto de proyecto, y de comunidad, pero desde un proceso de reconstrucción permanente, en clave cultural, colectiva y de valoración de la diversidad. Como trabajadores sociales podemos optar a situarnos desde los espacios comunitarios de las minorías-mayorías de la exclusión y la precariedad, aquellos que hoy día nos señalan sostenidamente que algo no funciona bajo el supuesto de orden, armonía y desarrollo vigente.
Daniel